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sábado, 15 de octubre de 2011

Una enfermedad holandesa para Neuquén

La teoría económica ha hecho gala de bautizar un “síndrome” con la nacionalidad holandesa. El mismo se refiere a los efectos que produce el masivo ingreso de divisas provenientes de las exportaciones de alguna clase de commodities sobre las economías nacionales, como sucedió en Holanda durante los ‘60s cuando se descubrieron grandes yacimientos de gas natural. Y, a pesar que esta dilucidación hace hincapié en la revaluación de la moneda local, también nos instruye sobre sus secuelas en la producción de bienes y servicios.
Un síndrome, en clave médica, es un cuadro clínico, más bien un conjunto de síntomas y signos con variadas etiologías y orígenes, en ocasiones, confusos. Por lo tanto, es posible atreverse a usar tal diagnóstico para la economía neuquina, más allá de su impronta monetaria y cambiaria.
A los hechos me remito, la economía neuquina se ha especializado en la explotación y exportación de recursos naturales, convirtiéndose en la base de los ingresos del sector público y privado. La estructura resultante es extremadamente vulnerable a los oscilantes cambios en la demanda y los precios internacionales, como bien lo supo el ex gobernador de la Provincia, Felipe Sapag.
Más allá del coreado reclamo por los gastos estatales, la polución y contaminación de la actividad, así como los deseos voluntaristas de la diversificación productiva, el síndrome holandés incide sobre los bienes transables y no transables de la economía neuquina.  Esto es, la mejora de la rentabilidad del sector energético (bienes transables, o exportables) provoca la absorción de más recursos, entre ellos productos manufacturados locales, generándose un efecto desindustrializador y desalentador para cualquier otro tipo de iniciativa privada alternativa como podría ser, por ejemplo, la industria del software e incluso el turismo autóctono.
Por otro lado, también afecta la producción e ingresos de los bienes no transables (no exportables y que se consumen internamente, entre ellos los servicios), ya que el mayor ingreso proveniente de la actividad exportadora (gas y petróleo) eleva los precios de los bienes y servicios que se comercian en la economía local, en perjuicio de consumidores y actividades ajenas al aludido “boom” exportador. Esto alienta la producción, como el incremento de los precios, de bienes accesibles mayormente por los consumidores de la industria extractiva, citando como ejemplo aleccionador a la construcción.
Los anuncios de descubrimientos de mayores reservas de petróleo (no convencional) permiten una expansión, aún virtual, de la riqueza local aunque también un incremento de los precios de todos los bienes y servicios que se comercializan localmente, con grandes disparidades de consumo y estándares de vida, empeorando la distribución de los ingresos. Por consiguiente, se vigorizan los aspectos negativos del síndrome holandés.
Asimismo, la rimbombante “diversificación productiva” alentada por el Estado no llega a realizarse porque le falta aliento y capitales privados, mercado potencial y un horizonte productivo.
¿Se animará la actual administración a innovar en herramientas fiscales y legales que permitan contener los efectos de este síndrome? ¿O caeremos nuevamente en la eterna “diversificación de la matriz productiva” alentando dudosos emprendimientos financiados por el Estado?
Siendo que el síndrome holandés se convirtió para la Provincia en una “política” de ingresos permanente, una posibilidad podría ser una audaz y significativa rebaja (incluso eliminación) en los impuestos locales, o bien un agresivo “subsidio” sobre impuestos nacionales para todas las actividades productivas, promoviendo de esta forma la emergencia de ideas innovadoras, para estar a tono con la moda de homenajear al creativo fundador de Apple, Steve Jobs.

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