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domingo, 6 de noviembre de 2011

Política en seis lecciones: lección 2 “origen”

El origen de la política se encuentra en el cruce de “dos mundos”: el puente entre occidente y oriente. El territorio, aunque no así el país actual, ni el Estado – Nación, conocido como Grecia.
No es que en Oriente o en América no se practicara la “política” como actividad humana, sino que fue en Grecia que se abordó la política como algo comprensible para el intelecto humano, algo que debe ser explicado sin recurrir a la naturaleza o los dioses.
Los sofistas, acérrimos enemigos de Sócrates y Platón, “mercaderes y relativistas” del conocimiento fueron los primeros que liberaron a la política de la naturaleza y de lo sobrenatural. Divulgaron y enfatizaron que la política, y su arma: el discurso, constituían un ámbito propio del ser humano.
Esto sucedió a lo largo y ancho del territorio griego, en pequeñas localidades denominadas “Polis”, compuestas de poblaciones pequeñas, en economías esclavistas con un selecto grupo de ciudadanos que se dedicaban a gestionar el espacio público.


Platón, personificando a Sócrates, fue un prolífico autor que dedicó varios capítulos a la constitución de la Polis: para él,  el orden era de la Ciudad provenía de la subordinación de lo inferior a lo superior (ciudadanos sobre metecos, episteme sobre doxa, virtudes sobre apetitos), así como de la guía del Rey – filósofo, quién tenía título de estadista, ya que conocía la idea de BIEN. Recurrió a la “Alegoría de la Caverna” para dar cuenta de la tarea del Rey – filósofo, dado que había sido quién se había soltado de las cadenas que ataban a los hombres a percibir las sombras, las apariencias, para apreciar la verdad que le proporcionaba la luz del sol. Platón, inocentemente, creía que el poder detentado por el Rey – filósofo no era compulsivo sino que perseguía iluminar a los hombres de lo que era bueno, virtuoso.
Aristóteles fue otro gran exponente de la cultura griega con gran influencia en el mundo de las ideas. Para él la Polis era la forma suprema de convivencia comunitaria, gracias a la unión afectiva y de justicia que unía a los hombres. Definía a los hombres como zoon politikon,  es decir un “animal político” (exceptuando a los extranjeros de la época que eran considerados bárbaros). Definió y distinguió los regímenes políticos (por vez primera tipificó, creo un modelo) en razón de la cantidad de gobernantes y su pureza:


PUROS
IMPUROS
UNO
Monarquía
Tiranía
POCOS
Aristocracia
Oligarquía
MUCHOS
Politeia
Democracia (¿demagogia?)



Eran impuros aquellos que ejercían el poder en beneficio propio. Entretanto, la politeia, era un régimen que estaba constituido por el “término medio”, es decir no por los “extremos” de la polis, algo así como la actual clase media aunque delimitada a los ciudadanos de la Polis.
Luego, los romanos subsumieron la política a la “civitas”. Las ciudades crecieron en tamaño, se complejizó la economía, y por ello fue necesario sustituir la política por el orden jurídico. Cicerón (106 – 43 AC) decía que la civitas no era una agregación humana cualquiera sino una basada en el consenso de la ley.
En el Medioevo la política se teologiza. El debate del BIEN está indisolublemente unido a la ética teológica. Santo Tomás, es quién define al hombre como un “animal político y social”, incorporando la idea de cuerpo social, que guiado por la moral cristiana florece en la tierra. Fue la época de recuperación de Aristóteles como máximo exponente del saber de todos los tiempos.
Sin embargo, a partir del siglo XIII, el Medioevo comienza a agrietarse en todo aspecto: político, con el cuestionamiento a la autoridad de la Iglesia en el gobierno de los hombres; económico, a partir de la emergencia de nuevas y lucrativas actividades comerciales; sociales, irrumpen nuevas costumbres y se desafían las fuertemente arraigadas; científicas, se desmorona el sistema geocéntrico, con fuertes cuestionamientos a la utilidad del sistema ptolomeico.
  Fue una época en la que cabe decir “a problemas extremos, soluciones de igual intensidad”.

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