Es recurrente la imagen contradictoria
que tiene el imaginario colectivo social sobre el quehacer de los políticos en
el proceso decisionario cotidiano.
Esto es así porque el concepto
que trascendió de la política y los políticos, como actividad y profesión
respectivamente, es el de “buen gobernante” y el de “polis”, es decir el de una
persona que se dedica al buen gobierno de la ciudad.
Los políticos asumen tal
reverencia y la hacen propia, sus discursos están plagados de buenas
intenciones, sin embargo su accionar es muy distinto al de la imagen invocada.
El político y su actividad
política, se encuentra más cerca de Maquiavelo o Carl Schmitt que de Platón,
Aristóteles y el buen gobierno.
Recordemos que Maquiavelo daba
cuenta de que la política, como actividad, busca alcanzar, ejercer y mantener
el poder; mientras que Schmitt decía que la política se funda en la “relación
amigo – enemigo”, algo que es apreciable en los medios de comunicación y en las
transiciones gubernamentales.
Esto sucede porque la política no
es moral, sino que existe una moral de la política.
Como bien dice Max Weber: “Quién
busca la salvación del alma, propia y de los demás, no debe buscarla en el
camino de la política, porque las diversas tareas de la política sólo pueden
resolverse con la violencia”. (Max Weber, Ciencia y Política, “La Política como
Profesión”, ed varias).
Esto es así porque, y nuevamente,
parafraseando a Weber “la carrera política da un sentimiento de poder. La
conciencia de ejercer una influencia sobre los hombres, el sentimiento de
participar en el poder sobre ellos y, sobre todo, la conciencia de tener en las
manos una fibra nerviosa de acontecimientos históricamente importantes”.
Son citas muy elocuentes de lo
que se juega en la actividad política, el poder, la historia, los recursos
económicos, la influencia sobre la conducta de los demás.
Y es la arena del Estado, el
lugar en el que se dirimen las pujas del poder más crudo. Aunque hubo un cambio
cualitativo en el tipo de enfrentamiento, ya no existen (o disminuyeron
significativamente) agresiones físicas que pongan en juego la vida de los
políticos; existe, cuantitativamente, una constante lucha por el poder.
De regreso a Weber, podemos decir
que todos somos “políticos ocasionales”, cuando votamos, opinamos y
participamos, sin embargo existe una clase especial de políticos, y son
aquellos que viven “para” la política, o bien
que viven “de” la política. Y la distinción no es menor.
Quién vive “para” la política tiene,
de alguna manera, ingresos ajenos a los que le brinda la política, ésta
únicamente le proporciona mayores redes de contactos e influencias. Quién vive
“de”
la política se encuentra sujeto a los vaivenes de la misma y sufre sus embates cuando los gobiernos cambian. Hoy
tiene ingresos, pero mañana no sabe y la supervivencia en tal elemento es
sumamente dificultosa. Estos últimos, por lo general, aspiran a vivir “para”
la política y, en el mejor de los casos, se transforman sólo en buenos
funcionarios, fusibles del político de turno.
Decía Maquiavelo sobre quienes
podemos considerar que viven “de” la política: "Pero hay un
modo para que el príncipe pueda conocer al ministro, y que no falla nunca: si
ves que el ministro piensa más en sí mismo y no en ti, y que en todas las
acciones busca su propia utilidad, tal individuo nunca será buen ministro, y
jamás podrá confiar en él, porque el que tiene tu estado en sus manos, no debe
pensar nunca en sí mismo, sino en el príncipe, y no recordarle tampoco nada que
no le pertenezca".
Quién vive “para” la política asume
posturas temerarias, riesgosas; su proceso decisionario es irreverente y veloz
y, en ocasiones, no mide la magnitud de sus decisiones en el largo plazo. El
largo plazo es dejado para evaluar su impronta.
Sucintamente:
Estilo de político que vive:
|
||
“para”
|
“de”
|
|
Supervivencia
|
Asegurada.
|
Incierta.
|
Decisión
|
Autónoma, veloz, inconsulta.
|
Dependiente, consultada.
|
Función
|
Dirección, imparte órdenes.
|
Fusible y fungible, recibe órdenes.
|
Ética
|
De fines últimos, pragmática.
|
De responsabilidad y respuesta a demandas.
|
Destino
|
Gloria o fracaso.
|
Oscuro o gloria (pasa a ser político que vive “para”).
|
La consigna y el secreto del
político es mantenerse, y no quedar expuesto, sino hacer uso de sus fusibles
para seguir “midiendo” en el imaginario colectivo. Sus armas: el discurso, las
influencias y los medios de comunicación. Sus enemigos: la falta de gestión y
de carisma, y las restricciones presupuestarias.
Es por ello, que existen cada vez
más corrientes intelectuales que insisten en la necesidad de fortalecer las
instituciones. Entendidas éstas últimas como “normas y valores” que ponen un
freno a las ambiciones de quienes viven de ejercer el poder.
Si las instituciones vigentes
tienen controles y castigos débiles, será alto el beneficio de sortearlas para
apropiarse de los ingentes recursos que dispone el Estado. A estas
circunstancias se suma que existen sociedades alrededor del globo que ven al Leviathan como un actor benévolo y por
ello insisten en darle mayores funciones.
La persona que aspire a vivir “para”
la política debe asegurarse cuatro “virtudes”: influencia, pragmatismo
(estómago dicen algunos), ingresos sustanciosos constantes, y bajas
restricciones presupuestarias.
Entre los lectores: ¿alguien se
identifica con lo expuesto? Sinceramente no lo creo, ya que no estarían leyendo
esta columna.
