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lunes, 5 de diciembre de 2011

Política en seis lecciones: lección 6 “políticos y proceso decisionario”

Es recurrente la imagen contradictoria que tiene el imaginario colectivo social sobre el quehacer de los políticos en el proceso decisionario cotidiano.



Esto es así porque el concepto que trascendió de la política y los políticos, como actividad y profesión respectivamente, es el de “buen gobernante” y el de “polis”, es decir el de una persona que se dedica al buen gobierno de la ciudad. 



Los políticos asumen tal reverencia y la hacen propia, sus discursos están plagados de buenas intenciones, sin embargo su accionar es muy distinto al de la imagen invocada.



El político y su actividad política, se encuentra más cerca de Maquiavelo o Carl Schmitt que de Platón, Aristóteles y el buen gobierno.

Recordemos que Maquiavelo daba cuenta de que la política, como actividad, busca alcanzar, ejercer y mantener el poder; mientras que Schmitt decía que la política se funda en la “relación amigo – enemigo”, algo que es apreciable en los medios de comunicación y en las transiciones gubernamentales.



Esto sucede porque la política no es moral, sino que existe una moral de la política.



Como bien dice Max Weber: “Quién busca la salvación del alma, propia y de los demás, no debe buscarla en el camino de la política, porque las diversas tareas de la política sólo pueden resolverse con la violencia”. (Max Weber, Ciencia y Política, “La Política como Profesión”, ed varias). 



Esto es así porque, y nuevamente, parafraseando a Weber “la carrera política da un sentimiento de poder. La conciencia de ejercer una influencia sobre los hombres, el sentimiento de participar en el poder sobre ellos y, sobre todo, la conciencia de tener en las manos una fibra nerviosa de acontecimientos históricamente importantes”.



Son citas muy elocuentes de lo que se juega en la actividad política, el poder, la historia, los recursos económicos, la influencia sobre la conducta de los demás.



Y es la arena del Estado, el lugar en el que se dirimen las pujas del poder más crudo. Aunque hubo un cambio cualitativo en el tipo de enfrentamiento, ya no existen (o disminuyeron significativamente) agresiones físicas que pongan en juego la vida de los políticos; existe, cuantitativamente, una constante lucha por el poder.



De regreso a Weber, podemos decir que todos somos “políticos ocasionales”, cuando votamos, opinamos y participamos, sin embargo existe una clase especial de políticos, y son aquellos que  viven “para” la política, o bien que viven “de” la política. Y la distinción no es menor.



Quién vive “para” la política tiene, de alguna manera, ingresos ajenos a los que le brinda la política, ésta únicamente le proporciona mayores redes de contactos e influencias. Quién vive “de” la política se encuentra sujeto a los vaivenes de la misma y sufre  sus embates cuando los gobiernos cambian. Hoy tiene ingresos, pero mañana no sabe y la supervivencia en tal elemento es sumamente dificultosa. Estos últimos, por lo general, aspiran a vivir “para” la política y, en el mejor de los casos, se transforman sólo en buenos funcionarios, fusibles del político de turno.



Decía Maquiavelo sobre quienes podemos considerar que viven “de” la política: "Pero hay un modo para que el príncipe pueda conocer al ministro, y que no falla nunca: si ves que el ministro piensa más en sí mismo y no en ti, y que en todas las acciones busca su propia utilidad, tal individuo nunca será buen ministro, y jamás podrá confiar en él, porque el que tiene tu estado en sus manos, no debe pensar nunca en sí mismo, sino en el príncipe, y no recordarle tampoco nada que no le pertenezca".



Quién vive “para” la política asume posturas temerarias, riesgosas; su proceso decisionario es irreverente y veloz y, en ocasiones, no mide la magnitud de sus decisiones en el largo plazo. El largo plazo es dejado para evaluar su impronta.



Sucintamente:


Estilo de político que vive:

“para”
“de”
Supervivencia
Asegurada.
Incierta.
Decisión
Autónoma, veloz, inconsulta.
Dependiente, consultada.
Función
Dirección, imparte órdenes.
Fusible y fungible, recibe órdenes.
Ética
De fines últimos, pragmática.
De responsabilidad y respuesta a demandas.
Destino
Gloria o fracaso.
Oscuro o gloria (pasa a ser político que vive “para”).



La consigna y el secreto del político es mantenerse, y no quedar expuesto, sino hacer uso de sus fusibles para seguir “midiendo” en el imaginario colectivo. Sus armas: el discurso, las influencias y los medios de comunicación. Sus enemigos: la falta de gestión y de carisma, y las restricciones presupuestarias.



Es por ello, que existen cada vez más corrientes intelectuales que insisten en la necesidad de fortalecer las instituciones. Entendidas éstas últimas como “normas y valores” que ponen un freno a las ambiciones de quienes viven de ejercer el poder.



Si las instituciones vigentes tienen controles y castigos débiles, será alto el beneficio de sortearlas para apropiarse de los ingentes recursos que dispone el Estado. A estas circunstancias se suma que existen sociedades alrededor del globo que ven al Leviathan como un actor benévolo y por ello insisten en darle mayores funciones.



La persona que aspire a vivir “para” la política debe asegurarse cuatro “virtudes”: influencia, pragmatismo (estómago dicen algunos), ingresos sustanciosos constantes, y bajas restricciones presupuestarias.



Entre los lectores: ¿alguien se identifica con lo expuesto? Sinceramente no lo creo, ya que no estarían leyendo esta columna.

jueves, 10 de noviembre de 2011

Política en seis lecciones: lección 3 “modernidad”

Imagen de Florencia
La era moderna es la ruptura de todo lo anteriormente conocido, el cuestionamiento sin medias tintas del agriado Medioevo. Sin embargo, la modernidad es más fácilmente asimilable al mundo antiguo que aquello que conocemos hoy, y esto es así porque: los Estados Nacionales no existían, el absolutismo y las guerras estaban a la orden del día, el PBI per cápita crecía poco y despacio, y peor aún, persistían ciertos “fundamentos” sociales que eran difíciles de modificar.

En este escenario, se desenvuelve un funcionario florentino llamado Nicolás Maquiavelo. Conocido más por lo que “no” dijo que por lo que escribió (“el fin justifica los medios”), se transformó posteriormente en un clásico del análisis político. Su principal obra, El Príncipe, es sin tapujos un alegato al ejercicio del poder crudo y descarnado. Escrito originariamente para complacerse con la Familia Medici que lo había encarcelado por supuestas traiciones, tiene una curiosa actualidad que denota la inmanencia del comportamiento humano respecto al ejercicio del poder.

No es intención de este escrito parafrasear a Maquiavelo, aunque algunas frases pueden resultar útiles para conocer el espíritu de dicha obra:
"... siendo mi fin escribir cosa útil para quién la comprende, he tenido por más conducente seguir la verdad real de la materia que los desvaríos de la imaginación en lo relativo a ella, porque muchos imaginaron repúblicas y principados que no se vieron ni existieron nunca. Hay tanta distancia entre saber cómo viven los hombres y saber cómo deberían vivir ellos que el qué, para gobernarlos, abandona el estudio de lo que se hace para estudiar lo que sería más conveniente hacerse, aprende más bien lo que debe obrar su ruina que lo que debe preservarle de ella..." (MAQUIAVELO, Nicolás, El Príncipe, ed varias, Capítulo XV).

Sobre el príncipe dice:
No obstante, debe ser prudente en sus reflexiones y en sus acciones, sin alimentar temores imaginarios, procediendo moderadamente y con humanidad, de modo que el exceso de confianza no le haga incauto y el exceso de desconfianza no lo vuelva intolerable. De ahí surge una controversia: si es mejor ser amado que temido, y viceversa. Se contesta que correspondería ser lo uno y lo otro, pero como resulta difícil combinar ambas cosas, es mucho más seguro ser temido que amado cuando una de las dos cualidades falta.” (MAQUIAVELO, Nicolás, El Príncipe, ed varias, Capítulo XVII)

Maquiavelo fue un fundador, sin quererlo abrió una perspectiva diferente para el gobierno de los hombres. Des – teologizó y des – moralizó la política. Le proporcionó impronta a su esencia como actividad que busca alcanzar, ejercer y mantener el poder. Por lo tanto, siendo que los hombres son volubles, impredecibles y temerosos, la política no tiene porque ser “sucia”.

Luego de Maquiavelo, fue más fácil eliminar los elementos disonantes en la política. Hay aportes muy enriquecedores pero también vastos.

Claro está que por brevedad debemos limitarnos a dar cuenta de los aportes más significativos, entre ellos, los contractualistas (mnemotécnicamente, en orden alfabético: Hobbes, Locke y Rousseau) quienes de forma muy original concibieron un fundamento “racional y atemporal” al origen del Estado y la Sociedad Civil. Los mismos situaron de manera hipotética (una innovación intelectual de la época basada en supuestos) la existencia de un Contrato Social que no dependía de ninguna institución divina o sobrehumana, sino del consenso de sus asociados.

Desde el pesimismo de Hobbes, magistralmente ilustrado en la frase “homo homini lupus” (el hombre es el lobo del hombre) que legaba al hombre, por intermedio del “temor a la muerte” y, paradójicamente, el consenso, un Estado fuerte y omnipotente; a Rousseau y su enunciación de la voluntad general como recuperación de la comunidad entre los hombres; al inglés Locke que pregonaba un Estado limitado (y dividido en sus funciones) para defender el “honor, la propiedad y la vida”.

Fue la modernidad la que le dio autarquía, independencia y autosuficiencia a la política como actividad centrada en: el ejercicio del poder, el orden y la injerencia en los asuntos públicos (diferente aunque por encima de la esfera privada). Esto es, la política se desprendió de la moral y la religión, y se hizo cargo del Estado.

El siglo XX llevará el ejercicio de la política a la esfera del poder del Estado, entendido este como un ente burocrático y profesional.